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Sekkan · Vol. 2, núm. 4 · pp. 116–119 Reseña

Cuerpo, palabra y comunidad: literatura y medicina en Catorce días, editado por Margaret Atwood y Douglas Preston

  1. 1 Facultades de Medicina e Ingeniería, Universidad Nacional Autónoma de México, México
Publicado: 31 de enero de 2026Recibido: 12 de enero de 2026Aceptado: 19 de enero de 2026

Obra reseñada: Margaret Atwood y Douglas Preston (eds.). Catorce días. Javier Calvo (trad.). 2024. Madrid: AdN.

Reseña

Catorce días es una novela singular que se sitúa en un punto de intersección especialmente fértil: aquel en el que se cruzan la literatura, la enfermedad, el aislamiento y la vida en comunidad. Surgida durante la pandemia de COVID-19, la obra fue concebida como un proyecto colectivo de escritura en el que varios autores, pertenecientes al Authors Guild,1 con trayectorias, estilos y registros muy distintos, dan voz a los habitantes de un edificio de Manhattan los cuales, confinados por la misma emergencia sanitaria, se reúnen –manteniendo la sana distancia– en la azotea del inmueble y comparten historias de todo tipo durante catorce noches consecutivas, dando como resultado una exquisita polifonía narrativa.2

A lo largo de toda la novela hay intertextualidad con muchas obras literarias, algunas relacionadas con epidemias.3 Sin embargo, no es una copia del modelo, ni tampoco solo una muestra de erudición; en Catorce días, el acto de narrar muestra su significado más profundo: frente a la enfermedad, la incertidumbre y la amenaza constante de la muerte, contar historias se convierte en una forma de sostenerse, de acompañarse y de resistir; registrarlas, en un modo de no morir.

La obra no es una crónica de la pandemia, ni todas las historias que ahí se relatan abordan de manera directa la enfermedad o la pasada emergencia sanitaria. Sin embargo, desde una perspectiva de las humanidades médicas, Catorce días ofrece un campo de análisis privilegiado, ya que es en sí un documento ligado a la experiencia del miedo al contagio, del duelo, y sobre todo a la necesidad de los personajes de dar un sentido a sus propias vidas, porque “¿Sabéis qué da más miedo que la muerte?” […] “Ser olvidados” (Atwood y Douglas, 2024b: 405).

La voz narrante –una joven que acepta como un repliegue ante su situación inestable un trabajo como conserje del edificio–, marca la pauta, casi como un ritual, rítmico, y al margen de las historias narradas, reportando, como nos acostumbramos todos a escuchar, el número de contagiados y de muertos, la comparación con otras ciudades y países, los vítores de las siete en punto a los profesionales de la salud –la llamada cacerolada–, las indicaciones y explicaciones dadas por los expertos, la descripción de las sirenas a lo lejos –y a veces no tan lejos–, el volver su pensamiento continuamente a su padre, encerrado en un asilo y con el que no puede comunicarse. “Un pensamiento terrible me pasó por la cabeza antes de que pudiera aplastarlo: el deseo de que mi padre hubiera muerto antes de que llegara esta pandemia” (Atwood y Douglas, 2024b: 122).

La pandemia queda siempre como un trasfondo omnipresente que condiciona cada relato. El cuerpo, amenazado por un virus invisible, se convierte en el centro silencioso de la narración, incluso cuando no se le nombra.

Desde el punto de vista médico, es interesante la forma en que la literatura se presenta como gesto de resistencia humana y para crear comunidad frente al dolor y la incertidumbre. Uno de los pasajes más significativos al respecto, es cuando monsieur Ramboz, después de aclararse la voz, dice que está convencido de que contarse historias en desafío de la pandemia es algo extraordinario, por lo que propone grabarlas para la posteridad. La idea provoca el rechazo de algunos de los personajes, pero Ramboz defiende su su idea al señalar que lo que sucede en ese lugar es “una afirmación de la humanidad frente al terror y a la banalidad del virus”, lo cual “no debería de ser olvidado” (Atwood y Douglas, 2024b: 302).

En este sentido, Catorce días permite explorar dos ejes principales –entre muchos, muchos otros–: por un lado, la estrecha relación entre la Medicina y la Literatura y, por el otro, el papel de la narración como instrumento privilegiado para expresar el dolor, la enfermedad y la experiencia colectiva. La obra es un ejemplo tangible del modo en que la literatura funciona como un complemento esencial de la medicina, pues es capaz de expresar cosas que la clínica a menudo no puede capturar: el impacto emocional y existencial de la enfermedad colectiva: el aislamiento, la ansiedad, la sensación de irrealidad y el miedo constante a la muerte son elementos que raramente aparecen en los informes médicos, pero que no por ello dejan de ser una parte esencial de la experiencia del paciente y de la comunidad.

Desde esta perspectiva, Catorce días dialoga con la medicina narrativa, una corriente que sostiene que los profesionales de la salud deben desarrollar competencias literarias como la escucha, la interpretación y la empatía, para comprender mejor a sus pacientes. El libro editado por Atwood y Preston podría funcionar como un ejercicio de medicina narrativa: cada historia es una confesión, un intento de comprender el sufrimiento propio y ajeno. Todo esto opera en dos niveles: entre los personajes, obviamente, y de forma directa con el lector que ha vivido la experiencia de la pandemia y que puede reconocerse en la obra.

Aunque probablemente no sea lo que se propone Catorce días, el acto de contar historias durante el confinamiento tiene un efecto claramente terapéutico. Los personajes no narran para curarse de algo, sino para sobrevivir emocionalmente. Escribir o contar historias ayuda a procesar el trauma, a dar representación a experiencias caóticas y a reducir la sensación de aislamiento.

Uno de los grandes desafíos tanto de la medicina como de la literatura es el dolor. La medicina recurre a escalas numéricas, clasificaciones y descripciones técnicas; la literatura, en cambio, utiliza instrumentos como expresiones de sentimientos –que no tienen lugar en la anamnesis–:4 metáforas, silencios, imágenes. No es casual que, a lo largo de los relatos, aparezcan referencias a otras obras de la tradición literaria que respondieron a situaciones similares. La literatura da voz a lo que es difícil decir directamente.

Otro aporte interesante del libro es su representación de la comunidad. Los personajes, aunque distintos entre sí, forman una hermandad narrativa, y al final de la obra, también una hermandad afectiva. La enfermedad colectiva obliga a repensar los vínculos humanos: cuando no es posible el contacto físico, sí puede haber uno simbólico a través de la palabra. Del mismo modo, uno de los aprendizajes centrales que 14 días ofrece a la medicina es la importancia de la escucha. En el libro, cada historia es escuchada por los demás con atención y respeto. No hay juicios, no hay interrupciones, no hay intentos de corregir o subestimar el relato del otro; simplemente parece que las narraciones van in crescendo tornándose cada vez más sorprendentes. Esta actitud tiene implicaciones éticas profundas. En el ámbito médico, escuchar al paciente es un acto fundamental de respeto y reconocimiento de su dignidad. La literatura, al entrenarnos en la escucha atenta de voces diversas, contribuye a formar profesionales más sensibles y humanos. No cabe duda de que esta es la razón por la que la materia Literatura y Medicina tiene cada vez más presencia en las escuelas de Medicina.

La pandemia evidenció uno de los riesgos más graves de la medicina moderna: la deshumanización. Cuando los pacientes se convierten en números, camas ocupadas o estadísticas, se pierde de vista la dimensión humana del cuidado. Catorce días funciona como un antídoto contra esta tendencia, pues nos recuerda que detrás de cada enfermedad hay una historia.

La idea de presentar el libro colectivo como la “transcripción de un manuscrito sin reclamar, hallado en un almacén” (Atwood y Douglas, 2024b: 15) resulta especialmente sugerente. Solo en contadas ocasiones se percibe que alguna pluma destaca sobre las demás, pero incluso esas diferencias refuerzan la cohesión del conjunto, que se lee como la narración de una sola voz. La novela, al mismo tiempo coral y fragmentaria, recuerda a una sinfonía –en este caso específico muy bien dirigida–, en la que cada voz-instrumento tiene algún pasaje destacado, pero siempre dialoga con los demás, provocando armonías y disonancias, equilibrios y tensiones sonoras. Todo esto, y mucho más, la convierten en una novela en verdad extraordinaria y sin reservas merecedora de ser leída desde el principio hasta el inesperado final. Quizá sea precisamente la acumulación de historias distintas, de perspectivas diversas que, sin embargo, miran todas desde un mismo punto –el de la pandemia–, lo que permite al lector reconocerse en ellas: en sus angustias compartidas, sus deseos y proyectos suspendidos, y también sus miedos.

Catorce días, editado por Atwood y Preston, es más que una colección de relatos sobre el confinamiento. Es una obra que pone en diálogo a la literatura y la medicina, mostrando cómo ambas disciplinas comparten un interés central: comprender y acompañar el sufrimiento humano. Desde un punto de vista médico, el libro evidencia todas las emociones que difícilmente el paciente revela a su médico. Desde el punto de vista literario, muestra que la narración no es una actividad superflua, sino –aunque no haya una conciencia clara de ello– una herramienta fundamental para atravesar situaciones de crisis.

La literatura, como muestran los autores que dan voz a los personajes atrás de las bambalinas, no sustituye a la medicina, pero la complementa de manera significativa. Allí donde la práctica médica encuentra sus límites –cuando no puede curar ni dar explicaciones suficientes–, la literatura brinda palabras, escucha y compañía. Y la narración de estos elementos le ofrece a su vez a cualquier lector un elemento de sanación cuando a su vez se refleja en lo vivido no solo en las historias, sino en el contexto en el que se desarrolla la historia. En un mundo marcado por la tecnificación y la falta de tiempo, Catorce días subraya que el cuidado del cuerpo no puede desligarse de la historia del sujeto, y que cuando retrata la enfermedad y la muerte colectiva, da cuenta del sentir de una sociedad, y es por ello también un instrumento de apoyo para la historia de la medicina.

Notas

  1. 1.El Authors Guild es una asociación de escritores, con sede en Estados Unidos, que representa y defiende los derechos e intereses de los escritores.
  2. 2.Los treinta y seis autores, que no firman la parte escrita por cada uno si bien los créditos de cada relato están dados al final de la obra, son Charlie Jane Anders, Margaret Atwood, Joseph Cassara, Jennine Capó Crucet, Angie Cruz, Pat Cummings, Sylvia Day, Emma Donoghue, Dave Eggers, Diana Gabaldon, Tess Gerritsen, John Grisham, Maria Hinojosa, Mira Jacob, Erica Jong, C. J. Lyons, Celeste Ng, Tommy Orange, Mary Pope Osborne, Douglas Preston, Alice Randall, Ishmael Reed, Roxana Robinson, Nelly Rosario, James Shapiro, Hampton Sides, R. L. Stine, Nafissa Thompson-Spires, Monique Truong, Scott Turow, Luis Alberto Urrea, Rachel Vail, Weike Wang, Caroline Randall Williams, De’Shawn Charles Winslow y Meg Wolitzer.
  3. 3.Indirectamente con el Decameron de Boccaccio, por la estructura de la obra, o lo que leemos en la narración de James Shapiro, uno de los autores, en “Shakespeare en los tiempos de la plaga”, por nombrar algunos.
  4. 4.Anamnesis, o anámnesis, en medicina, es la entrevista clínica donde un profesional de la salud recopila la historia de un paciente para entender su estado de salud, diagnosticar sus enfermedades y proponer un tratamiento.

Bibliografía

  1. 1.Margaret Atwood y Douglas Preston (eds.) (2024a). Fourteen days. Nueva York: Harper Collins.
  2. 2.Margaret Atwood y Douglas Preston (eds.) (2024b). Catorce días. Javier Calvo (trad.). Madrid: AdN.