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Sekkan · Vol. 2, núm. 3 · pp. 63–84 Artículo

Vida familiar y barrial en la formación contemporánea del activismo anarquista en México1

Familial and Neighborhood Life in the Contemporary Formation of Anarchist Activism in México

  1. 1 Universidad Autónoma Metropolitana, México
Publicado: 2 de septiembre de 2025Recibido: 19 de agosto de 2025Aceptado: 30 de agosto de 2025

Resumen

Este artículo presenta los hallazgos de una investigación cualitativa sobre el activismo anarquista contemporáneo en la Ciudad de México, con base en el análisis de tres cohortes generacionales correspondientes a las décadas de 1980, 1990 y 2000. A partir de siete historias de vida representativas de cada cohorte, se exploran las trayectorias de activistas desde una perspectiva situada que articula el enfoque del curso de vida con la noción durkheimiana de “hecho social”. El objetivo es comprender cómo las experiencias familiares y barriales influyen en la configuración de la praxis anarquista, entendida como una práctica política con fundamentos morales, afectivos y contextuales. El estudio identifica transformaciones en los modelos familiares, observando un tránsito de esquemas tradicionales hacia formas post-tradicionales más horizontales. Destaca también la emergencia de solidaridades orgánicas vinculadas a la corresidencia prolongada en el hogar de origen y a la reorganización de los roles domésticos, lo cual propicia una mayor apertura a los proyectos personales, incluido el activismo disidente. Asimismo, se analiza cómo el entorno barrial puede actuar como catalizador o como obstáculo para la politización. La investigación muestra que el activismo anarquista no puede explicarse solo por decisiones ideológicas individuales, sino que responde a procesos relacionales atravesados por vínculos familiares, moral cotidiana, experiencias generacionales y coyunturas históricas.

Abstract

This article presents the findings of a qualitative study on contemporary anarchist activism in Mexico City, based on the analysis of three generational cohorts from the 1980s, 1990s, and 2000s. Drawing from seven life histories, it explores the trajectories of activists from a situated perspective that combines the life course approach with Durkheim’s notion of the “social fact.” The objective is to understand how family and neighborhood experiences influence the formation of anarchist praxis, understood as a political practice grounded in moral, affective, and contextual dimensions. The study identifies transformations in family models, observing a shift from traditional frameworks toward more horizontal, post-traditional forms. It also highlights the emergence of organic solidarities associated with prolonged co-residence in the parental home and the reorganization of domestic roles, which foster greater openness to individual life projects, including dissident political activism. Furthermore, it analyzes how neighborhood environments can either catalyze or hinder political engagement. The research demonstrates that anarchist activism cannot be explained solely by individual ideological decisions, but rather emerges from relational processes shaped by family ties, everyday morality, generational experiences, and historical junctures.

Palabras clave: Activismo; familia; barrio; curso de vida; Durkheim.

Keywords: Activism; family; neighborhood; life course; Durkheim.

Introducción

Este artículo analiza sociológicamente la formación del activismo anarquista3 en la Ciudad de México a partir del estudio de tres cohortes generacionales (1980, 1990 y 2000), combinando el enfoque del curso de vida con la perspectiva durkheimiana (Claudio, 2018). La investigación se inscribe en la línea de los estudios sobre anarquismo contemporáneo y busca aportar evidencia empírica acerca de la influencia que ejercen los contextos sociales locales en las formas de organización política de dicho activismo (Day, 2004; Gordon, 2007; Holloway, 2012; Newman, 2007; Sandoval, 2012, 2013; Tischler, 2012; Poma & Gravante, 2016). Al mismo tiempo, el trabajo dialoga con el revisionismo de la literatura sobre teorías de los movimientos sociales, al contribuir a la comprensión de los procesos micro-sociales que inciden en la acción política y en las prácticas de movilización (Jasper, 2012).

La investigación se basó en un diseño cualitativo mediante siete historias de vida, lo que permitió explorar en profundidad las influencias micro-sociales que anteceden y acompañan las trayectorias activistas. Sin embargo, a pesar de proporcionar un análisis en profundidad, este estudio es preliminar. Sus limitaciones –el carácter exploratorio de los resultados, el tamaño reducido de la muestra y la falta de diversidad en las cohortes– señalan la necesidad de validar estas conclusiones en investigaciones futuras con poblaciones más amplias y variadas.

De entre las preguntas de investigación que guiaron este estudio,4 el artículo se centra en una en particular: ¿cómo influyeron la vida familiar y barrial de los activistas en su praxis anarquista, y qué afinidades o diferencias se identifican entre las generaciones de las décadas de 1980, 1990 y 2000?

La hipótesis plantea que el activismo anarquista contemporáneo, entendido como un proceso social multicausal, depende de la interacción entre contextos sociales micro-sociales –como la familia y el barrio– y los macro-momentos históricos en que se inscriben. Esta hipótesis retoma el planteamiento sociológico de Émile Durkheim (1858-1917), para quien el debilitamiento progresivo de la solidaridad mecánica, resultado de la creciente división del trabajo y de la diferenciación social, genera transformaciones en la conciencia colectiva de grupos primarios como la familia y la comunidad. Estos cambios obligan a sus integrantes a realizar nuevas adaptaciones ante las transformaciones históricas de cada época (Durkheim, 2007).

Para sustentar esta hipótesis, el artículo se organiza en tres secciones. La primera presenta los fundamentos teóricos del enfoque del curso de vida, así como los principios epistemológicos y metodológicos utilizados para el estudio del activismo. La segunda analiza las trayectorias familiares y barriales de los activistas, considerando elementos clave como las transiciones vitales, los puntos de quiebre y la agencia individual. Este análisis permite identificar cómo ciertos contextos micro-sociales habilitan o restringen el activismo disidente. La tercera sección ofrece una discusión con la literatura asociada con los estudios sobre anarquismo contemporáneo, así como de la mayor presencia en los estudios sobre movimientos sociales de los enfoques involucrados en el análisis microsocial. Por último, unas consideraciones finales para enriquecer la comprensión sociológica del activismo anarquista.

El enfoque del curso de vida

Fue en la década de 1970 cuando los científicos sociales Glen Elder y Tamara Hareven, en Estados Unidos, llevaron el enfoque del curso de vida a su madurez formal y académica (Blanco, 2011). Esto significó una base sólida para realizar estudios sociales interesados en conocer la relación entre la experiencia social individual o grupal y la histórica, sobre la base de investigaciones longitudinales retrospectivas y prospectivas (Blanco y Pacheco, 2003, Blanco, 2011, Elder, 1994, Elder, Kirkpatrick y Crosnoe, 2007).

Con la participación de disciplinas como la sociología, la demografía, la psicología y la historia, el enfoque del curso de vida formula cinco grandes premisas que ordenan sus hallazgos recogidos por métodos cuantitativos o cualitativos: (1) el análisis biográfico puede sugerir rasgos macro-sociales característicos del tiempo o época vividos, (2) el contexto socio-histórico influye significativamente en el desarrollo de las vidas de personas y grupos, (3) el timing o momento de ocurrencia de un evento en la línea de edad de las personas es relevante, pues sus efectos varían si ocurre en la infancia, juventud, adultez o vejez; (4) las vidas interconectadas de las personas son fenómenos sociales recurrentes, (5) es perceptible la capacidad de agencia o aptitud de las personas para decidir, según sus motivaciones, un curso de acción ante una estructura de oportunidades disponible para ellas (Blanco y Pacheco, 2003, Blanco, 2011).

A partir de estas premisas, será la secuencia de los eventos sociales representada en las múltiples trayectorias del curso de vida de las personas –así como sus respectivos entrelazamientos– el constructo que el experto o experta utilizará para recrear y entender cómo la vida de las personas se entrelaza con los grandes procesos históricos de sus respectivas sociedades.

Con la propuesta del curso de vida, la secuencia de eventos y roles personales recopilados se reconstruye, para su análisis y evaluación, desde tres categorías básicas: (i) trayectoria, (ii) transición; y (iii) turner point o punto de quiebre (Blanco y Pacheco, 2003, Blanco, 2011, Elder, Kirkpatrick y Crosnoe, 2007). La primera es una representación de la serie de eventos y roles sociales vistos como una carrera que las personas experimentan a lo largo de sus vidas. La segunda se refiere a los cambios en sus cursos de vida producidos por eventos significativos, con niveles variables de intensidad dependiendo del momento en que se produzcan en la línea de edad (infancia, juventud, adultez, vejez); estos cambios pueden ser previsibles para quienes los viven, incluyendo un sistema de expectativas que les deja un espacio de acción o iniciativa para una adaptación más o menos controlada al cambio. La tercera se refiere a eventos extraordinarios cuyos cambios se perciben como instantáneos y profundos, favorables o desfavorables.

El enfoque del curso de vida proporciona las herramientas y conceptos para iniciar un estudio del cambio social a través del examen biográfico de una muestra estadística o universo de casos, que puede estar conformada por cohortes o generaciones, según las preguntas de investigación que deseen responderse.

Finalmente, debemos precisar que este enfoque puede adaptarse a diferentes epistemologías que determinarán el sentido de las explicaciones de lo social que interese analizarse. Para este artículo, se aplicó la propuesta epistemológica de Durkheim tal como se utilizó en el estudio sobre el activismo anarquista contemporáneo, y que a continuación se resume.

La praxis política anarquista como un “hecho social”

En el estudio sobre activismo anarquista, se utilizó el término praxis política5, para entender cómo los activistas, tanto hombres como mujeres, llevan a cabo acciones para apoyar causas políticas o sociales que consideran importantes. Estas acciones suelen ser altruistas, con el objetivo de realizar ese bien colectivo que puede estar simbolizado en el “pueblo”, la “vida”, el “planeta”, la “humanidad”, u otros ideales similares (Claudio, 2018).

Sin embargo, en dicho estudio se buscó entender el activismo más allá de las acciones individuales o grupales, haciendo uso del concepto de hecho social de Durkheim6. Este concepto nos ayuda a comprender la naturaleza sui géneris de la acción colectiva resultado de la compleja coalescencia de sus partes a lo largo de su trayecto histórico, y que se manifiesta a través de individuos o grupos de individuos que la componen. Este concepto se ejemplifica en la definición de Durkheim, quien describe los hechos sociales como…

modos de actuar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y (…) dotados de un poder de coacción en virtud del cual se imponen sobre él (…) [No] pueden confundirse con los fenómenos orgánicos, puesto que consisten en representaciones y en actos; ni con los fenómenos psíquicos, los cuales solo existen dentro de la conciencia individual y por ella. Constituyen, pues, una nueva especie y a ellos debe darse el calificativo de sociales (Durkheim, 2001: 40-41).

Por consiguiente, fue la dimensión social del ser individual –y de los grupos que conforma– el foco de interés fundamental para comprender la fuente moral que impulsa al activismo anarquista. Por tal motivo, en el estudio se subrayó la importancia de los entornos sociales inmediatos en la vida de los y las activistas, así como los rasgos fundamentales de la mentalidad y actitudes de su medio compuesto por otros individuos que, sutilmente, orientan e influyen en sus decisiones y actitudes personales cuando interactúa con entornos sociales más extensos, tales como el mundo de la educación, el trabajo y la política.

Metodología del estudio

El estudio fue producto de una investigación cualitativa, longitudinal y retrospectiva, basada en las historias de vida de personas que practican el activismo anarquista. Se recopiló información a través de entrevistas en profundidad realizadas por el investigador, en las cuales se pidió a los participantes que relataran su trayectoria en áreas como familia, hogar, educación, trabajo, ideología y activismo. Para favorecer la recuperación de recuerdos y la articulación de los relatos, se solicitó a cada entrevistado que consignara los eventos centrales de su vida en un gráfico de trayectorias vitales, lo cual permitió examinar cómo los procesos individuales se entrelazan con los movimientos sociales más amplios (ver Figura 1).

Las entrevistas en profundidad se guiaron mediante un gráfico de trayectorias vitales impreso en hoja tamaño doble carta. Dicho gráfico contenía seis líneas de tiempo correspondientes a las principales dimensiones de análisis: i) trayectoria familiar, ii) trayectoria residencial, iii) trayectoria educativa, iv) trayectoria laboral, v) trayectoria ideológica y vi) trayectoria militante/activista. A cada participante se le solicitó que, de propia mano, anotara los acontecimientos más significativos de su vida en cada dimensión y los narrara cronológicamente, explicando su relevancia en el desarrollo de su praxis política. La combinación de registro escrito y narración oral permitió contrastar recuerdos, ubicar transiciones vitales y detectar puntos de inflexión biográficos, asegurando la reconstrucción de los relatos en términos de continuidad, cambios y vínculos entre las distintas esferas de la vida social.

Los relatos obtenidos fueron examinados mediante un análisis cualitativo de tipo biográfico-narrativo. El procedimiento consistió en la codificación temática de los discursos de los informantes, tomando como categorías iniciales las dimensiones del curso de vida (familia, residencia, educación, trabajo, ideología y militancia/activismo). Posteriormente se identificaron transiciones vitales, puntos de quiebre y continuidades en cada trayectoria, así como sus interrelaciones con coyunturas históricas más amplias. Este análisis permitió reconstruir la forma en que los procesos micro-sociales se articularon con dinámicas macro-sociales, posibilitando la interpretación sociológica de la praxis política anarquista en clave durkheimiana (Claudio, 2018).

El investigador seleccionó a los informantes con base en su experiencia de trabajo de campo entre 2006 y 2016. Durante este periodo, al asistir regularmente a espacios vinculados con actividades políticas y culturales de agrupaciones anarquistas, identificó a participantes con un compromiso sostenido y con trayectorias representativas del fenómeno en estudio. Esta estrategia permitió evitar la inclusión de casos episódicos u oportunistas, favoreciendo la construcción de un “habitus del activista anarquista” coherente a lo largo del tiempo.

La muestra estuvo conformada por siete historias de vida (cuatro hombres y tres mujeres), seleccionadas de tres cohortes generacionales: 1980, 1990 y 2000 (ver Cuadro 1). Aunque se trata de un número reducido, las entrevistas lograron un nivel de profundidad que permitió generar hallazgos exploratorios de valor sociológico. No obstante, es importante señalar que los resultados deben considerarse hipotéticos hasta que nuevas investigaciones con muestras más amplias permitan alcanzar la saturación teórica (Strauss y Corbin, 2002).

Dado lo anterior, expondremos a continuación los resultados y análisis del estudio para reconocer las fuerzas sociales que precedieron a la formación de la experiencia activista anarquista, así como sus distinciones según la época de ocurrencia en las décadas 1980, 1990 y 2000.

Figura 1. Gráfico de trayectorias vitales utilizado como instrumento de entrevista (trayectorias: familiar, residencial, educativa, laboral, ideológica y militante/activista)
Gráfico de trayectorias vitales utilizado como instrumento de entrevista (trayectorias: familiar, residencial, educativa, laboral, ideológica y militante/activista)

Fuente: elaboración propia a partir de entrevistas en profundidad (Claudio, 2018).

Cuadro 1. Características de los informantes
EdadGeneraciónNombre ficticioSexoIntegrantes del hogar de origenEntidades de residencia de los hogares de origenHogar actualOcupación actualEscolaridadEscolaridad Padre/MadreOcupación Padre/Madre
263ra. (2000)MateoVarónPadre y madrea) CDMX (antes DF): Benito Juárez, Gustavo A. Madero, Iztapalapa, Venustiano Carranza. b) Edo. Méx.: Chicoloapan, Chimalhuacán, Coacalco, Ecatepec, Metepec, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla, Tultitlán.Padre y madreComerciante en economía informalLicenciaturaSecundaria/SecundariaEmpleado en fábrica/Ama de casa
32CristinaMujerPadre, madre, 2 hermanos (mayores), 1 hermana (menor)Pareja sentimental varónProfesora de educación media-superiorMaestría sin titulaciónLicenciatura/NormalistaIngeniero mecánico/Docente de secundaria pública
342da. (1990)CésarVarónPadre, madre, hermano 1 (mayor, fallecido), hermana y hermano 2 (mayores)Madre y sobrinoDesempleadoSecundaria incompletaNo especifica/Primaria incompletaSoldador/Trabajadora doméstica
35Getsemaní*MujerPadre, madre y hermana mayorPareja sentimental varón e hijaRepresentante partidista en organismo públicoLicenciatura incompletaBachillerato/BachilleratoEmpleado del gobierno/Ama de casa
37AnaMujerAbuelo y abuela maternos y tíoPareja sentimental varónEmpleada en sector públicoLicenciatura incompletaLicenciatura/LicenciaturaAbogado/Odontóloga
41FranciscoVarónPadre, madre y 3 hermanos (menores)SoloBibliotecarioLicenciaturaLicenciatura/PrimariaBibliotecario/Microempresaria de farmacia
511ra. (1980)SilvestreVarónPadre, madre y 5 hermanos (menores)Esposa y dos hijasOrientador escolar de educación básicaMaestría sin titulaciónPrimaria/Sin estudiosEmpleado de mantenimiento/Trabajadora doméstica

Nota: Únicamente Getsemaní no profesa el ideal anarquista; su orientación ideológica es feminista-socialista. La incluimos en el análisis porque forma parte de nuestro objeto empírico, es decir, su praxis política es adyacente a la praxis política anarquista debido a que también ha participado en los mismos acontecimientos de protesta. Por lo tanto, consideramos que su testimonio aporta información relevante para establecer afinidades y diferencias culturales que adopta una praxis política.

Fuente: elaboración propia.

Vida familiar, preámbulo de la experiencia activista

Desde el estudio en cuestión, se sostiene que el entorno familiar es fundamental en la transmisión de un conjunto de normas y valores propios de una determinada colectividad. No es raro que muchos sujetos que desempeñan una praxis política tengan antecedentes familiares de integrantes militantes o activistas políticos. La fuerza de esta disposición colectiva puede ser tal que sus miembros asimilan esa tradición y abracen con honor y orgullo las hazañas políticas de sus predecesores familiares para continuarlas.

La familia, en varios casos, es el primer contacto con la política (Pensado y Necoechea, 2008). Mateo (activista anarquista, 3ra. Generación), joven informante en dicho estudio, relató su experiencia ejemplificando esta realidad:

(…) lo principal dentro de la cuestión familiar fue esa tradición sindicalista que ha habido siempre dentro de la familia. Mis padres, ambos, anteriormente estuvieron trabajando en una fábrica textil (…) estaban afiliados a un sindicato independiente. Entonces desde muy [niño], incluso me tocó ver algunos eventos impactantes dentro de la cuestión laboral de ellos, algunas huelgas y ese tipo de situaciones que me quedaron muy marcadas en forma de ver las relaciones de las personas, las relaciones laborales, todas esas cuestiones y la cuestión muy crítica, muy… contestataria hasta cierto punto.

Por ello, se pensó que era importante profundizar en la comprensión de cómo la vida familiar dejó su huella en la conciencia de sus miembros mediante una mentalidad y actitud colectiva que influiría en su praxis política en tanto “hecho social”.

Autoridad familiar y transformación de modelos domésticos

Comparando las experiencias relativas a la vida familiar, el estudio las agrupó según dos esquemas o tipos de organización familiar o modelos domésticos para percibir algunos rasgos de la autoridad familiar y su influencia en las interacciones intrafamiliares: (i) aquellas que se desarrollaron bajo un modelo de “familia tradicional” y (ii) las que se adscribieron al modelo definido como “familia post-tradicional”.

La “familia tradicional” sería aquella que se organiza en torno a una división clásica de roles en las relaciones conyugales, donde el padre es el proveedor de la economía familiar y la madre la encargada de cuidar el hogar y los hijos (Rabell, 2009: 11). En los relatos de Mateo, Getsemaní, Francisco y Silvestre, se constató un modelo familiar semejante, y en la mayoría de los casos, la escolaridad del padre fue mayor a la de la madre. También afloraron convenciones morales respaldadas por valores religiosos que complementaron la autoridad de los padres –y, a menudo, reforzadas por otros parientes– creando un ambiente moral y jerárquico fuerte donde los roles tradicionales no se desafiaban abiertamente. Este ambiente favorecía una autoridad familiar muy estricta:

Francisco, activista anarquista, 2da. Generación: (…) mi mamá es ultra-tradicionalista. A la fecha voy a su casa y tengo que entrar con manga larga porque no le gustan mis tatuajes. Y yo me empecé a tatuar a los 17 años, pero es la fecha en que los ve y no lo aprueba. Con mi papá pues también.

Sin embargo, en varios de los casos, especialmente cuando la corresidencia familiar7 comenzó a desarrollarse por adversidades económicas propias de la década de 1990, la autoridad familiar tendió a relajar sus reglas, dando como resultado una distribución de roles menos rigurosa:

Getsemaní, militante feminista-socialista, 2da. Generación: (…) mi papá nunca tuvo problemas por lo doméstico. Yo crecí viendo a mi papá hacer labores en el hogar. Sin que mi mamá se lo pidiera nunca. Mi papá lo hacía porque le parecía justo. Él barría, lavaba mi ropa, por ejemplo. Mi ropa y la de mi hermana las lavaba mi papá. Porque él se jubiló cuando yo tenía 15 años. Antes cuando trabajaba, no. El fin de semana él hacía de comer y arreglaba la casa y así. Pero cuando él se jubiló, él tendía nuestras camas y lavaba nuestra ropa. Siempre. Y nos hacía de desayunar.

Un factor adicional que probablemente contribuyó a esta transición fue la escolarización de los hijos que superó, con el paso de los años, a la de los padres (Solís y Blanco, 2014).

El otro modelo de familia que encontramos en las historias de Cristina, César y Ana es el que denominamos “familia post-tradicional”. En este modelo, los roles dentro del matrimonio son diferentes a los tradicionales: la madre tiene una educación similar al padre, trabaja y contribuye económicamente al hogar, y a menudo toma decisiones familiares. En estas familias, la religión tiene menos influencia en los roles y la vida familiar. Sin embargo, esta estructura fue proclive a conflictos conyugales y violencia doméstica, conduciendo en unos casos a los hijos a pasar más tiempo fuera de casa para escapar de la situación:

César, militante anarquista, 2da. Generación: (…) en casa no podía estar. O sea, mi padre no sé si alguna vez nos quiso, pero nos dio una vida horrible. Por ejemplo, mi hermano, mi hermana y yo tuvimos... prácticamente vivimos en la calle (…) Y bueno, pues cada quién agarró... no agarró por su lado, pero pues nos las tuvimos que ver cada quién en la calle. Y era pues muy feo. Sobre todo, para mí porque yo tendría seis años. Y un niño de seis años viviendo en la calle pues sí está peligroso.

Tras la disolución de la relación conyugal de los padres de César, se produjo una recomposición de las relaciones intrafamiliares que puso fin a un estado de anomia doméstica8, el cual deterioraba la solidaridad dentro del hogar. Este cambio significó lo que, desde el enfoque del curso de vida, se denomina turner point o punto de quiebre de la trayectoria familiar, así como un mayor entrelazamiento de sus vidas como mecanismo adaptativo ante cambios abruptos.

A medida que la situación de la economía familiar decaía con la partida del padre, la participación prematura de los hijos en el trabajo se hizo necesaria para asegurar el sustento del hogar en algunos de los casos relatados.

La necesidad familiar de ver a los hijos incorporarse apresuradamente al mercado de trabajo, produjo un nuevo régimen familiar que favoreció, en ciertos miembros, una ética del esfuerzo personal y una organización familiar más horizontal:

¿Por qué razón trabajaste? Un poco ayudar a mi mamá y otro poco para comprarme mis cosas. O sea, empezar a salir, íbamos a irnos a la playa mis amigos y yo. Entonces no tenía dinero. Mi mamá me dijo que si quería pagar mis cosas me metiera a trabajar. Y por eso me metí a trabajar (…) porque mi mamá siempre nos daba para la escuela. Todo lo que fuera la escuela, útiles, libros, lo que fuera escuela teníamos el material. Pero si ya me quería comprar unos zapatos de tal estilo, o salir a la playa, a Oaxaca, ir a algún lugar, tenía que pagarlo yo. O sea, me decía: ‘Yo no te voy a decir que no, pero tú te lo pagas’ (Cristina, militante anarquista, 3ra. Generación).

Sin embargo, las condiciones económicas del hogar de Cristina, marcadas por la ausencia paterna, tuvieron un efecto contraproducente en el rendimiento escolar al obligar a combinar los estudios con actividades laborales (Claudio, 2018).

En los casos analizados, el esfuerzo personal emergió como el único camino posible para salir adelante, no solo como medio para satisfacer aspiraciones individuales, sino también como vía hacia una mayor autonomía. Esta búsqueda de libertad, no obstante implicó importantes sacrificios y frustraciones. Tal es el caso de Cristina, quien se vio forzada a abandonar temporalmente su trabajo como comerciante ambulante para poder regularizar sus estudios universitarios (Claudio, 2018: 225).

En algunos casos de nuestros entrevistados, la disolución conyugal representó un punto de quiebre familiar que exigió la reconfiguración de los roles y las relaciones intrafamiliares. Esta transformación, combinada con las exigencias del trabajo y los estudios, dio lugar a una nueva forma de relacionarse moralmente tanto con los otros como consigo mismos. Se evidenció así una ética del esfuerzo individual y el fenómeno de las vidas interconectadas, cuyos efectos se proyectaron posteriormente en la evolución de su praxis política. Esta transición hacia un modelo familiar post-tradicional puede observarse con mayor claridad a partir de la segunda generación –es decir, en la década de 1990–, como se muestra en el Cuadro 2.

Cuadro 2. Matriz de relaciones
Trayectoria familiar: Autoridad del hogar de origen (donde “1” = Familia tradicional; “2” = Familia post-tradicional)
InformanteSilvestre (1)Francisco (1)Ana (2)*Getsemaní (1)César (2)Cristina (2)Mateo (1)
Mateo111X
Cristina22X
César2X2
Getsemaní11X1
Ana*X22
Francisco1X11
SilvestreX111

El caso de Ana es peculiar porque vivió en el seno familiar de sus abuelos maternos y en un ambiente de religiosidad fuerte que reforzó el modelo de familia tradicional. Sin embargo, tuvo simultáneamente una convivencia regular con el hogar de los padres.

Fuente: elaboración propia.

Corresidencia y solidaridad familiar

La corresidencia familiar se configura como un indicador clave de transición en las formas de solidaridad al interior del hogar. En el estudio, dicha práctica respondió a condiciones adversas como crisis económicas, divorcios o empleos precarios, lo que llevó a las familias a retener a sus miembros como una estrategia para preservar el apoyo económico y emocional. Esta dinámica generó reconfiguraciones en los roles y vínculos familiares, fortaleciendo una solidaridad interna que, en varios casos, influyó en la construcción de disposiciones hacia la acción política futura (Claudio, 2018).

Esta forma de corresidencia fue particularmente visible en las trayectorias de la segunda y tercera generación (véase Cuadro 3). Al tener cubiertas sus necesidades básicas –vivienda, alimentación, afecto y una relativa estabilidad económica–, muchos jóvenes optaron por permanecer en el hogar familiar más allá de los 24 años. La permanencia favoreció una redistribución más equitativa de las responsabilidades domésticas y el establecimiento de relaciones menos jerárquicas. Aunque implicó posponer ciertos proyectos individuales, como la independencia o la formación de una nueva familia, también reforzó los vínculos afectivos y fomentó una ética de la corresponsabilidad. Desde la perspectiva durkheimiana, esta transición refleja el paso de una solidaridad mecánica, basada en la homogeneidad, hacia una solidaridad orgánica,9 sustentada en la interdependencia funcional y en un pensamiento colectivo más abierto a las diferencias individuales. En este sentido, la corresidencia operó como un espacio de contención moral que influyó directamente en la configuración de orientaciones éticas y políticas (Claudio, 2018).

Cuadro 3. Matriz de relaciones
Trayectoria familiar: Años de vida en el hogar de origen (donde “1” = Menos de 24 años; “2” = 24 y más años)
InformanteSilvestre (19, 51)Francisco (36, 41)Ana (18, 37)Getsemaní (27, 35)César (34, 34)Cristina (25, 32)Mateo (26, 26)
Mateo2222X
Cristina222X2
César22X22
Getsemaní2X222
Ana1X
FranciscoX2222
SilvestreX1

Los números entre paréntesis adyacentes al nombre del informante indican: (“años de vida en el hogar de origen”, “edad actual”).

Fuente: elaboración propia.

Paralelamente, el cambio en las pautas de autorreproducción familiar volvió más permeables los límites del hogar frente a las influencias del mundo social exterior. Esta apertura se profundizó a través de la combinación entre estudios superiores,10 trabajo remunerado y experiencias de politización derivadas de coyunturas socio-históricas específicas.11

La vida social externa penetró el ámbito doméstico, transformando estructuras culturales tradicionales y permitiendo la negociación de proyectos de vida individuales. Esta reconfiguración dio lugar a una vida familiar más receptiva a la singularidad de sus integrantes, lo que, como sugirió Durkheim (2007), acompaña el avance de la solidaridad orgánica y promueve nuevas formas de compromiso político.

Por otra parte, se notó la pervivencia de otro tipo de trayectoria familiar en el que se abandonó el hogar de origen antes de los 24 años de edad: fueron los casos de Silvestre y Ana, con énfasis en la 1ra. Generación.

Ana –motivada por un conflicto con la autoridad familiar que le prohibía practicar el activismo estudiantil– abandonó el hogar de origen a la edad de 18 años, después de obtener su primer trabajo, para alquilar un apartamento. Ella relató que sus abuelos eran muy religiosos y que se oponían al activismo político de sus padres. Además, consideraban que ese no era el ambiente para criar hijos, como lo describiría Ana cuando defendía su proyecto personal de vida:

(…) en el 95 (…) [mis abuelitos] casi me corren de mi casa (…) porque me fui al [paro estudiantil] de los CCH12 (…) Sí, mis abuelitos dijeron: “No vamos a permitir que haya una segunda generación” ¿No? (…) ¡De militantes! (…) Me dijeron: “No. Tú vas a ser una persona de bien, que saque a su familia adelante. No sé lo que tú quieras hacer, pero no te vas a vincular y no te vas a casar con un gandul como tu papá” (Ana, militante anarquista, 2da. Generación).

En el caso de Silvestre, su salida ocurrió a los 19 años de edad por conflictos con su padre, teniendo que acudir a un hogar para jóvenes que, en realidad, se trataba de una comuna o célula política civil en la que, presumiblemente, había algunos supervivientes de los acontecimientos de la represión del Estado mexicano contra las organizaciones de la guerrilla urbana, a principios de la década de 1980 (Claudio, 2018: 228).

Ana y Silvestre ejemplifican trayectorias en las que la vida moral familiar limitaba severamente la libre iniciativa y el juicio individual. La conciencia colectiva del hogar, acostumbrada a moldear a sus integrantes según un ideal homogéneo, generó un entorno restrictivo y poco tolerante con la diferencia. Durkheim (2003) advirtió que los grupos primarios, como las familias sin contrapesos sociales externos, pueden operar como verdaderas tiranías morales, negando el reconocimiento de derechos individuales. En ambos casos, esta vivencia constituyó un punto de quiebre (turner point) decisivo, evidenciando su capacidad de agencia a través de la ruptura con el hogar, una decisión que desconcertó a sus familiares. Esta experiencia de desprotección afectiva pudo haber cimentado, con el tiempo, su vocación por la disciplina, la abnegación y el compromiso moral hacia sus organizaciones políticas, rasgos presentes en sus trayectorias activistas.

Movilidad del hogar de origen y entorno barrial

Un aspecto que el estudio consideró importante fue la permanencia o movilidad espacial del hogar de origen para comprender su integración o aislamiento con respecto al entorno barrial. El contacto con el barrio es una variable que, en algunos relatos, fue muy significativa por la influencia que ejercieron las amistades locales:

Había unos chavos que tenían un grupo de música y ahí nos juntábamos una bolita, cotorreábamos. Todos eran más o menos de la misma edad ¿no? 14, 15, 16 años (…) Yo me acerco a las ideas anarquistas alrededor de… 1992-93. Yo estaba saliendo de la secundaria (…). Fue a través (…) de música punk que escuchaban los chavos más grandes, gente del barrio, de la misma calle o cuadra. Entonces yo empecé a escuchar las cosas que decían. [Y] me llega la información también de la misma gente de ahí, del barrio… la colonia ¿no? (Fragmento de relato de entrevista en Claudio, 2012: 139).

Con todo, el estudio señalaría que la interacción de la comunidad familiar con el entorno del barrio debía investigarse con más precisión, pues el contexto barrial, en la mayoría de los casos estudiados, se constituyó como un espacio social de encuentro entre jóvenes practicantes de la contracultura o subculturas alternativas para resistir los procesos de dominación (Poma y Gravante, 2016), pero que, a partir de las décadas de 1970 y 1980 la desorganización de la estructura urbana en el noreste de la Ciudad de México y municipios conurbados planteó desafíos para la organización social de los habitantes de colonias populares (Castillo, 2021). Era pertinente conocer los aspectos culturales de integración del barrio o localidad que pudieran haber ejercido su influencia solidaria en la conformación de una praxis política. En el estudio, los casos de César, Francisco y Silvestre se caracterizaron por una alta movilidad residencial de sus hogares de origen, equivalente a tres y más cambios de entidades territoriales –alcaldías o municipios– (ver Cuadro 4). Aclaremos estas similitudes a continuación. Sus hogares tuvieron su residencia en casas rentadas por su origen socioeconómico humilde. También porque respondían mejor a las previsiones de reducción de viajes a los centros de trabajo que variaban debido a su temporalidad. Con todo, el contacto con la comunidad barrial fue superficial porque su respectiva estancia fue de corto tiempo. Además, en sus relatos no se destacaron experiencias comunitarias significativas de integración por su mera coexistencia con familias vecinas.

Explorando el caso de César, fue interesante que su interacción con los niños del barrio y de las pandillas juveniles, a finales de la década de 1980, resultara muy conflictiva. La violencia intrafamiliar que narró lo expuso a la vida de las calles a la edad de 6 años, siendo el menor de tres hermanos:

Me dices que desde los seis años [de edad] vivías en las calles. ¿Y qué experiencias en tu vida en la calle te marcaron o fueron significativas? Pues realmente hubo mucha violencia. Fue una etapa… De hecho, ahora puedo platicarlo, pero hace un tiempo para mí era algo muy traumático. Platicar esto, crecer sin un padre, crecer en las calles, dormir en las calles. Y vivir en la calle era realmente la forma en la que te ganas el respeto a punta de golpes (…). Cuando fui niño tuve que vivir la etapa de la adolescencia. Y cuando viví la etapa de la adolescencia tuve que ser adulto. Porque si no, la calle te devora (…) te agarran de bajada y no te la acabas en la calle (…). Cuando salimos de la [delegación] Venustiano Carranza tendría yo 13 años (…) hubo un evento que sí me marcó mucho. No quiero platicarlo demasiado, pero sí me marcó demasiado porque hubo con un chico muchísima violencia (…) llegamos incluso a balacearnos, nos agarramos a balazos… eran pleitos de pandilla (…) Y pues fue algo que me marcó mucho por el hecho de que me hizo darme cuenta de que no estaba bien, que algo estaba mal en mi vida (César, militante activista, 2da. Generación).

Cuadro 4. Matriz de relaciones
Movilidad espacial del hogar de origen (donde “1” = Ningún cambio de residencia; “2” = De 1 a 2 cambios de residencia; “3” = De 3 y más cambios de residencia)
InformanteSilvestre (19)Francisco (36)Ana (19)Getsemaní (27)CésarCristina (25)Mateo
Mateo1X
Cristina2X
César33X
GetsemaníX2
AnaX1
Francisco3X3
SilvestreX33

El número entre paréntesis adyacente al nombre del informante indica la edad en que dejó el hogar de origen.

Fuente: elaboración propia.

Su testimonio ilustra una experiencia de vida comunitaria frágil, en la que los conflictos vecinales se resolvían mediante prácticas de violencia extrema. La crisis moral tanto en el ámbito familiar como en una comunidad barrial marcada por la pobreza metropolitana de las décadas de 1970, 1980 y 199013 derivó en un abandono simbólico de sus miembros, quienes enfrentaron condiciones de vida precarias y altos costos personales.

En ese contexto, la conciencia individual carece de referentes colectivos sólidos que le permitan interpretar coherentemente el entorno social, dificultando así la construcción de un sentido compartido frente a la complejidad del mundo exterior. La regresión de la solidaridad orgánica en estos barrios, sumada a la heterogeneidad cultural producto de procesos migratorios, pudo afectar las relaciones intergeneracionales, retardando la maduración política de potenciales activistas. Para muchos jóvenes, el anarquismo y la contracultura ofrecieron un marco alternativo de pertenencia, resistencia y construcción simbólica frente al poder. No obstante, su politización se vio limitada por la escasez de espacios autónomos fuera del control clientelar en los procesos de urbanización.

Solo mediante la agencia individual o colectiva fue posible crear entornos alternativos de reflexión y acción, a menudo fuera del barrio mismo.

En cuanto a Silvestre (militante anarquista, 1ra. Generación), el mayor de seis hijos, no tuvo una experiencia comunitaria significativa en los barrios donde vivió. Su familia fue bastante aislada durante su infancia y juventud, lo que lo hizo tímido y retraído fuera de casa. Entre 1960 y 1980, los constantes cambios de residencia lo mantuvieron alejado de su vecindario. Después de dejar su hogar a los 19 años, continuó mudándose regularmente, como si fuera una costumbre familiar. Esto lo hizo adaptable a diferentes situaciones, y eventualmente se unió a un grupo político en la década de 1980, donde su vida itinerante se fortaleció:

Retomemos otra vez. Llegas a la “Comuna”, sales de ella y después ¿adónde te fuiste? A Puebla. Ahí levantamos una célula año y medio (…) Ahí me dieron la misión de levantar una célula. Ahí no había nada. Entonces nos mandaron a dos compañeros de fijo y nos mandaban un giro (...) nosotros ahí pagamos un hostal, un hospedaje casero que era lo más barato. Entonces ahí vivíamos y ahí comíamos. Y ahí empezamos a hacer nuestro trabajo. Y los recursos dices que provenían… De la organización grande (…) Es que la “Comuna” era como, dijéramos, un servicio. Dijéramos como un refugio: “¿Tienes pedo? Vente a la ‘Comuna’, no hay bronca ¿Ya te alivianaste? Ahora sí ya puedes militar, ya te dimos formación, ya estás bien, sale. ¿Adónde quieres ir? ¿Qué quieres hacer?” Y ellos te canalizaban. Entonces, cuando pasó el año y yo acabé muy alivianado, dije: “Lo que se necesite”. “Pues ahorita necesitamos hacer una célula en Puebla, ¿te animas?” “Sí, órale”. Entonces nos fuimos dos compas.

Por ello, durante su vida en el hogar de origen, y buena parte de su etapa activista, privó un cierto desarraigo y desapego de ambientes locales en donde residía temporalmente. Solo tenía el vínculo fijo de su relación estrecha con la organización militante a la que perteneció. Esta situación de su vida, sin embargo, le adaptó a la disciplina dictada por la organización militante, un grupo secundario que abre una vía para la institución de una solidaridad más orgánica, interdependiente y atenta a la conducta y necesidades de sus miembros, aunque la constante movilidad residencial y las conexiones personales a distancia le crearon un sentimiento de soledad (Claudio, 2018: 241).

Examinemos ahora el caso de Francisco. Su experiencia difiere de las anteriores porque, no obstante que su contacto con el entorno barrial fue cotidiano, tuvo repercusiones distintas, por ejemplo, a las de César.

En la segunda mitad de la década de 1980, su hogar tuvo acceso a una vivienda propia y la fuente de trabajo de sus padres se hizo permanente en un lugar fijo. Esta estabilidad le abrió a Francisco ocasiones de contacto cercano con el espacio urbano-popular a los 15 años de edad. Siendo el mayor de cuatro hijos, su relación con el barrio no estuvo mediada por ambos padres porque trabajaban, dándole a él y a sus hermanos libertad de explorar el espacio público:

(…) en este periodo (indicando con el dedo en el gráfico) casi, casi desde… acabando la secundaria hasta aquí prácticamente me dedicaba solo a patinar porque ni siquiera trabajaba. O sea, me dedicaba en serio. ¿Todo tu tiempo? Todo. Sí, para no tener problemas en casa, de ocho de la mañana que se iba mi mamá a dejar a mis hermanas, yo agarraba mi patineta. A la una de la mañana yo estaba de vuelta porque sabía que estaban dormidos y no me iban a regañar. Así casi me la pasaba y comía de limosnas. O sea, haz de cuenta que un tiempo nos reuníamos en una tienda de “skate” [o patines] que estaba en la Benito Juárez, éramos unos “güeyes” [amigos] que patinábamos y teníamos un nivel de skate quizás bueno, pero nadie trabajaba (riendo brevemente al mismo tiempo). No había dinero. Así que nos íbamos, cada quién conseguía un varo [dinero], regresábamos, nos comprábamos nuestra comida y seguíamos patinando. O sea, de verdad que vivíamos de la limosna ¿no? Afortunadamente apareció el “Teriyaki”, que te vendía arroz frito en tres pesos y con eso comías bien. ¿Qué significó para ti practicar la patineta? Me daba muchísima libertad. A veces me iba patinando hasta Chapultepec sin necesitar un solo varo porque no teníamos varo. Nos dedicamos así a ser punks. Así tal cual: “Skate Punk”14. Y solo patinábamos.

La prolongada ausencia de los padres en el hogar empujó a muchos jóvenes a pasar largos periodos en la calle, en compañía de otros adolescentes que atravesaban situaciones similares. Esta vida callejera fomentó un sentido de individualismo forjado en vínculos afectivos cercanos, pero desconectado de estructuras sociales institucionalizadas. Los jóvenes se apropiaron del espacio público –como lo recordaba Francisco– a menudo de forma simbólica, especialmente durante el proceso de mercantilización del suelo urbano en la década de 1990, lo que derivó en trayectorias nómadas dentro de la Ciudad de México (Claudio, 2018: 246).

La juventud, marcada por extensos periodos de ocio –que en algunos casos se extendieron hasta ocho años–, así como la adopción compartida de una estética contracultural como el punk, generó identidades colectivas sólidas. Desde la perspectiva durkheimiana, estos jóvenes fueron capaces de crear un orden social segmentario, refractario a normas y valores percibidos como ajenos u opresivos. Y desde el enfoque del curso de vida, sus trayectorias pueden entenderse como vidas interconectadas.

Como integrantes de bandas contraculturales compartían convicciones políticas que consideraban auténticas y no contaminadas por intereses externos. Rechazaban la cultura de masas por considerarla una construcción artificial impuesta por la industria con fines comerciales. En el contexto mexicano, el movimiento punk se convirtió desde principios de los años ochenta en un vehículo para la difusión de ideas anarquistas, promoviendo discursos de resistencia frente a la autoridad, el Estado, el capitalismo y la religión, especialmente en barrios populares de las grandes ciudades (Gaytán, 2010; Gravante, 2015; Sandoval, 2013; Sandoval, et al., 2012; Poma y Gravante, 2016; Regalado y Gravante, 2016).

En cuanto a los casos restantes, encontramos una experiencia diferente, ya que sus trayectorias residenciales se caracterizaron por su estabilidad y baja movilidad, con un mayor arraigo en el espacio barrial pero no necesariamente traducida en una participación activa en la vida comunitaria con otros vecinos y hogares. Los casos de Cristina y Ana comparten atributos porque sus hogares de origen de corte “post-tradicional” tuvieron una influencia moral más consistente en sus vidas en su relación con el entorno barrial. Esta influencia se expresó en la manera en que el contacto con el ambiente del barrio se modificó al efectuar un cambio del estatus social, como el ofrecido por el inicio de los estudios universitarios o de un empleo.

Cristina, la tercera hija de cuatro hermanos, relató que a finales de la década de 1990 sus amistades del barrio fueron quienes la introdujeron en la ideología anarquista:

¿Cómo fue que conociste las ideas anarquistas? Lo que pasa es de que siempre había como una preocupación con la gente con la que me juntaba (…) ¡Eran amigos del barrio! Nos la pasábamos en el relajo (…). De hecho, cambió hasta mi estética, de ser una niña bien (la informante ríe), cambió mi forma de peinarme, mi forma de vestirme, todo (…) éramos amigos, veíamos que todo estaba mal y todo eso. Entonces empezábamos a buscar espacios. De hecho, llegamos a la Unión de Trabajos Autogestivos que era un espacio donde había diferentes proyectos anarquistas. Entonces veníamos a los eventos, a las proyecciones, buscando un lugar. Pero al mismo tiempo para divertirnos ¿no? Íbamos [al tianguis de] El Chopo, a las marchas, nos íbamos todos a las marchas. Y muchos de ellos pues eran punks, sobre todo punks.

Sin embargo, su entorno familiar fue clave para retirarse de la vida juvenil en las calles y pasar a una etapa de formación escolar universitaria y al mercado de trabajo a sus 17 años de edad (Claudio, 2018: 248-249). Su influencia se dedujo de su relato cuando opinó sobre las diferencias sociales que percibía que existían entre ella y sus amistades, y la prioridad que dio a sus estudios respondiendo a una expectativa familiar que ella asimiló positivamente.

Tampoco se tatuó el cuerpo –explicó ella– porque tenía que trabajar respetando un sistema de reglas. Con su ingreso a la universidad y su participación en las protestas estudiantiles vivió una transición que la alejaría definitivamente de la vida juvenil callejera de ocio prolongado: halló un nuevo sentido o meta en su activismo, el cual le resultaba más atractivo y coherente. Desde la perspectiva del curso de vida, es notorio que su capacidad de agencia no se condujo de forma incidental o contingente, sino bajo un plan más o menos preconcebido, alentado por una especie de cálculo de costos y beneficios propio de una ética del esfuerzo individual que mencionamos con anterioridad.

En cuanto a Ana –hija única–, a pesar de que su hogar de origen no cambió de residencia, su contacto con el barrio probablemente fue escaso. Su vida en casa de los abuelos y la presión del tradicionalismo hogareño reguló en buena medida su contacto con otras esferas sociales. Cuando se involucró en las protestas estudiantiles del CCH-UNAM en 1995 –ocasionándole un conflicto familiar– decidió mudarse por su cuenta. A partir de ahí, su movilidad residencial fue alta por las circunstancias económicas que tuvo que afrontar sola, impidiéndole encajar en la vida barrial de los lugares que frecuentó porque cambiaba constantemente de domicilio.

Si Cristina y Ana tuvieron estabilidad residencial en sus hogares de origen, en la etapa independiente sobresaldrá su alta movilidad domiciliaria. Sus ingresos económicos no les aseguraron la estabilidad residencial y sus vínculos con el entorno barrial fueron frágiles o inexistentes, pues tuvieron mayor influencia espacios sociales con predominio de grupos secundarios, más afines a una solidaridad orgánica. Finalmente, Mateo –hijo único y perteneciente a la generación más joven– que ha vivido una estabilidad residencial de su hogar de origen, su testimonio externó un cierto apego a los amigos del barrio:

(…) a lo largo de toda esta etapa de mi vida desde que nací pues he tenido diferentes contactos con diferentes personas que familiarmente no tienen ningún vínculo conmigo. Y pues todavía conservo algunas amistades. Ya pocas del lugar donde yo crecí, amigos de la infancia. Y a lo largo de cada una de las etapas de crecimiento (…) todavía conservo contacto con todos ellos (…) ¿Han sido regulares…? Pues han sido variadas. Ahora sí que ha habido temporadas en donde el contacto es muy continuo, muy constante y donde hay veces que me alejo un poco para refrescarme o para centrarme en lo que estoy haciendo.

No obstante, también se reproduce la misma pauta de influencia moral de la familia que mantiene un papel activo en la estructuración de las transiciones de sus fases vitales, tal como ocurrió en el caso de Cristina. En los últimos tres casos, la comunidad familiar jugó un papel preponderante en la regulación de sus transiciones vitales. Constituyó un órgano social que intercedió entre el medio social barrial y el desarrollo de sus miembros jóvenes en otras esferas extra-familiares. Como puede constatarse, la familia en intensa codependencia fue un núcleo sólido de influencia moral y, posteriormente, lo sería de su activismo, tal como el estudio lo subraya.

Discusión

Los resultados de este estudio muestran que la configuración del activismo anarquista contemporáneo en México no puede explicarse únicamente desde decisiones ideológicas individuales, sino que responde a procesos relacionales mediados por la familia y el barrio. Este hallazgo coincide con lo señalado por Graeber (2002, 2011), quien subraya que el anarquismo actual se orienta menos hacia la teorización abstracta y más hacia prácticas concretas de organización social en la vida cotidiana (acción directa). De igual forma, Gordon (2007) advierte que los activistas anarquistas se articulan en redes horizontales y no en estructuras programáticas, lo que dialoga con la evidencia aquí presentada sobre familias post-tradicionales y solidaridades orgánicas vinculadas a la corresidencia prolongada y a una mayor sensibilidad hacia las diferencias individuales. En el ámbito latinoamericano, Sandoval, Poma y Gravante (2017) muestran que el anarquismo y otros movimientos antisistémicos se sostienen en entramados comunitarios que combinan lazos afectivos con prácticas políticas, extendiendo procesos de politización hacia formas de convivencia y repertorios emocionales activados en espacios locales y de la vida cotidiana. Estas aproximaciones refuerzan las reflexiones sobre la organización política del anarquismo contemporáneo; el presente estudio las complementa al aportar evidencia empírica sobre la dinámica de las solidaridades orgánicas y mecánicas en ámbitos familiares y barriales, dimensiones de la estructura social de las que no se ha dado suficiente cuenta y que influyen en el éxito o fracaso en la formación de alianzas y en la resolución de conflictos internos entre agrupaciones y organizaciones activistas.

En el marco de la teoría de los movimientos sociales, la discusión de Jasper (1997, 2014) respecto a la fortaleza progresiva de los estudios microsociológicos resulta clave para comprender cómo emociones, compromisos morales e interacciones cotidianas moldean la acción colectiva. El artículo se circunscribe a este revisionismo contemporáneo, integrándose como una contribución empírica para avanzar en el estudio de los procesos micro-sociales que influyen en la cultura del activismo actual. Dichos procesos –centrados en solidaridades, emociones y compromisos que sostienen trayectorias militantes– son elementos esenciales para entender la forma en que el activismo anarquista se articula con dinámicas socio-históricas más amplias. En conjunto, la propuesta de la investigación no solo dialoga con los estudios previos sobre anarquismo, sino que aporta evidencia que amplía la comprensión del fenómeno en clave durkheimiana: como un hecho social que configura trayectorias activistas mediante la expansión orgánica, y la retracción mecánica de la solidaridad actualiza en la práctica cotidiana los significados más relevantes del ethos anarquista.

Consideraciones finales

Este estudio abordó el activismo anarquista contemporáneo en la Ciudad de México desde una perspectiva situada, integrando el enfoque del curso de vida y el concepto durkheimiano de hecho social. Se evidenció que la praxis política anarquista no puede explicarse únicamente por motivaciones ideológicas o decisiones individuales, sino como una construcción social influida por estructuras morales, afectivas y generacionales.

Un hallazgo relevante fue la transformación de los modelos familiares entre generaciones. En la primera (1980), predominó la familia tradicional con jerarquías rígidas y valores religiosos; en las generaciones posteriores (1990 y 2000), se consolidaron formas post-tradicionales con mayor equidad de roles, flexibilización de la autoridad y apertura a proyectos individuales. Este tránsito favoreció una ética del esfuerzo personal y el desarrollo de identidades políticas disidentes, facilitando la adscripción a corrientes anarquistas con distintas orientaciones.

La corresidencia prolongada –permanecer en el hogar familiar después de los 24 años– también fue decisiva. En muchos casos, propició una redistribución más equitativa de tareas y decisiones, así como el fortalecimiento de vínculos afectivos y el soporte material para sostener trayectorias activistas. Estas familias “codependientes” funcionaron como núcleos de contención desde donde se impulsaron formas de acción política acordes con una solidaridad orgánica, en términos de Durkheim.

Por otro lado, las rupturas tempranas con el hogar, derivadas de conflictos, violencia o desacuerdos ideológicos, dieron lugar a trayectorias marcadas por el desarraigo. Sin embargo, estas salidas no obstaculizaron la politización; en varios casos, la facilitaron al favorecer vínculos con comunidades militantes que ofrecieron pertenencia, disciplina y sentido colectivo. Estas experiencias revelan cómo la crisis moral en el entorno social primario puede ser motor de agencia y reorganización del compromiso político.

Respecto al entorno barrial, se observaron experiencias contrastantes. Algunos activistas encontraron en sus barrios un espacio fértil de socialización política a través de amistades, bandas contraculturales y colectivos comunitarios. En estos casos, el barrio actuó como plataforma para construir identidades éticas y políticas, mientras que, en otros, marcados por fragmentación urbana, violencia o movilidad residencial, se dificultó la formación de vínculos comunitarios estables, dando lugar a procesos de politización más tardíos o individuales.

La transformación urbana de la Ciudad de México desde la década de 1980 impactó la vida barrial, debilitando formas tradicionales de cohesión vecinal y reduciendo las posibilidades de acción política autónoma. En ese contexto, el anarquismo no solo fue una posición ideológica, sino una respuesta moral a la ausencia de estructuras comunitarias sólidas, tal como se expresa en prácticas contraculturales como el punk.

En conclusión, el activismo anarquista contemporáneo en México debe comprenderse no como una elección ideológica puramente racional, sino como una práctica social profundamente enraizada en experiencias familiares, barriales y generacionales, reforzando aquellos enfoques que aspiran a revalorar los análisis micro-sociales. Su estudio demanda una aproximación que reconozca la centralidad de los vínculos afectivos, la moral cotidiana y las trayectorias de vida como elementos constitutivos de la subjetividad política en adecuada articulación con macro-momentos históricos.

Aunque este estudio ofrece hallazgos relevantes, su alcance está limitado por el tamaño reducido de la muestra y la concentración geográfica en la Ciudad de México. Futuros trabajos podrían ampliar la diversidad regional, incorporar comparaciones intergeneracionales más extensas y explorar con mayor profundidad la relación entre género, clase social y estructura familiar en la formación de activismos disidentes.

Este enfoque permite revalorizar el papel de los entornos íntimos o micro-sociales en la construcción de resistencias políticas, así como reconocer la densidad moral de las acciones colectivas que, a menudo, emergen en los márgenes del Estado y del mercado.

Notas

  1. 1.Este trabajo es el producto de una investigación desarrollada en la Tesis Doctoral del Dr. Guillermo Claudio Piedras con el apoyo económico del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, en México.
  2. 2.Mexicano. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma Metropolitana. Ciudad de México, México. Correo electrónico: gclaudiop@yahoo.com.mx. ORCID: 0009-0008-2736-9568.
  3. 3.Definimos el anarquismo como una doctrina política surgida en Europa occidental durante el siglo XIX, que es partidaria de la supresión de la autoridad de toda clase de gobierno –principalmente del Estado nacional– y defensora estricta de la libertad del individuo. Algunos de sus exponentes clásicos son Pierre Joseph Proudhon (Francia, 1809-1865), Mijaíl Bakunin (Rusia, 1814-1876) y Piotr Kropotkin (Rusia, 1842-1921). Para el caso mexicano, el exponente emblemático es Ricardo Flores Magón (1873-1922).
  4. 4.Estas preguntas se inscriben en los estudios sobre movimientos y activismos antiestatistas y anticapitalistas, y del post-estructuralismo como enfoque relevante que analiza la relación entre el pensamiento político radical contemporáneo –incluyendo el anarquismo– y las luchas sociales apartadas de la influencia de la esfera política institucional, interesadas en implementar nuevas prácticas sociales en la vida cotidiana y en la construcción de espacios libres de la opresión estatal y la explotación capitalista (Day, 2004; Gordon, 2007; Holloway, 2012; Newman, 2007; Sandoval, 2012; Sandoval, 2013; Tischler, 2012; Poma y Gravante, 2016).
  5. 5.El estudio sugiere que praxis, palabra griega que significa acción (Abbagnano, 2012), se usa para referirse a la práctica en contraposición a la teoría. En la década de 1960 en Alemania, se discutió sobre si la teoría era más importante que la práctica, pero se reconoció la autonomía y originalidad de esta última (Giovanni Fornero, en Abbagnano, 2012). Algo similar ocurre en el anarquismo contemporáneo, donde algunos creen que la teoría es contraria a la acción directa (actuar sin intermediarios) (Graeber, 2011).
  6. 6.A principios de la década del 2000, nuevos enfoques revitalizaron el análisis microsocial al incorporar conceptos como agencia, creatividad, significado, identidad, emoción y moralidad (Jasper, 2012). Sin embargo, persiste la necesidad de indagar en las “raíces sociales” de estas nociones dentro de la vida cotidiana y las trayectorias generacionales de los activistas, más allá del impacto mediático de las coyunturas políticas. Tal exploración contribuiría a una comprensión más profunda de las representaciones colectivas que sustentan y motivan la acción colectiva contenciosa.
  7. 7.La “corresidencia familiar” describe la permanencia de hijos adultos en el hogar de origen por diversas razones, incluso cuando ya tienen pareja e hijos (Echarri, 2004; Mier y Terán y Rabell, 2004; Solís, 2016). En este estudio se emplea también el concepto de “codependencia familiar” para referirse a una convivencia basada en la colaboración mutua, donde los hijos contribuyen económicamente y mantienen fuertes lazos afectivos. Esta dinámica puede extenderse más allá de la cohabitación, ya que, especialmente en el caso de las mujeres, persisten responsabilidades de cuidado hacia los padres u otros familiares, reforzando vínculos y obligaciones intergeneracionales.
  8. 8.Retomamos este concepto de Durkheim, quien define anomia como un estado de desorganización de la vida social, que se traduce en una ausencia de reglamentación y límites para la conducta de los individuos, resultando en un aflojamiento o disolución de la cohesión entre individuos y grupos sociales (Durkheim, 2006, 2007).
  9. 9.Durkheim habla de dos tipos de solidaridad: mecánica y orgánica. La solidaridad mecánica es cuando las personas comparten creencias y sentimientos, como en sociedades antiguas, donde todos hacen casi las mismas actividades. La solidaridad orgánica es diferente, ocurre en sociedades modernas donde la gente hace trabajos diferentes y pertenece a varios grupos sociales. Aquí, las personas tienen más libertad para pensar y relacionarse como quieran, ya que no dependen tanto de un solo grupo. En resumen, en sociedades antiguas, la gente es más similar y depende mucho de su grupo, mientras que, en sociedades modernas, las personas son más diversas y tienen más libertad para elegir (Durkheim, 2003, 2007).
  10. 10.Aunque más personas aprendieron a leer y escribir en México entre 1970 y 2000 (pasando del 74.2% al 90.3%), menos personas pudieron ir a la universidad. Entre 1960 y 1980, más y más personas ingresaron a la universidad cada año. Pero en los años 80 y 90, esa cantidad disminuyó (Rodríguez, 2015), especialmente porque el gobierno empezó a recortar fondos para la educación y a hablar de privatizarla. Esto causó malestar, ya que la gente veía la educación universitaria como su única oportunidad de progresar socialmente, y llevó a protestas estudiantiles en la UNAM en 1987 y 1999-2000.
  11. 11.El levantamiento indígena zapatista de 1994, las matanzas de Aguas Blancas (1995) y Acteal (1997), el movimiento estudiantil de la UNAM de 1999-2000, la gira nacional de “La Otra Campaña del Ejército Zapatista de Liberación Nacional” de 2006, las manifestaciones de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca en 2006 (Claudio, 2018).
  12. 12.Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades de la UNAM.
  13. 13.Durante el siglo XX, la urbanización en México estuvo ligada al crecimiento de la población y la economía. Se pueden distinguir tres etapas (Jaime Sobrino 2012): (i) 1900-1940, con poco cambio en la población; (ii) 1940-1980, con un gran crecimiento económico, migración del campo a la ciudad (sobre todo a la Ciudad de México), y aumento urbano; (iii) desde 1980 hasta ahora, con menos crecimiento económico, pero una población que se redistribuye en ciudades medianas, especialmente en el centro y norte del país, debido al impulso de la industria maquiladora (Cárdenas, 2015). La 1ra. Generación experimentó el cambio de la segunda a la tercera etapa, con más desorden urbano, mientras que la 2da. y 3ra. Generación vieron la población dispersarse más, especialmente por la influencia de políticas económicas neoliberales.
  14. 14.Es un sub-estilo musical basado en el punk-rock popular, en el ambiente del deporte Skateboarding o patineta.

Referencias

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